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Full text of "Hilera de tréboles"

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Sreccieía Sarataul Ieir?óel\ai^ 



U861 4 S243h 



3 S 9 A LOS 17 AÑOS 





1 



GRACIELA SARALE6UI LEINOEKAR 



DEDICATORIA 


Pensando en mi padre 
Carlos M. Saralegui. 


Hice esta hilera de tréboles, 
larga como una escalera, 
para que vaya hasta el cielo, 
al interior de una estrella; 
para que tu los recojas, 
uno por uno, en hilera, 

¡Y sepas que en estos versos, 
te mandaré el alma entera! 




ROMANCE A GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


A Graciela Saralegui 
le quiero hacer un romance; 
asombrosa criatura 
de los versos en la sangre. 

Un romance íino y bello, 
que lo rece y que lo cante. 
Tan flexible como el junco, 
tan grácil cual su donaire; 
que se le enrede en el cuello, 
que se le envuelva en el talle. 
Tan dulce como sus versos, 
tan liviano como el aire, 
tan fino como sus manos, 
como su modo tan suave; 
como su risa d$ espuma 
que en la orilla se deshace 
que se le enrede en el cuello, 
que se le envuelva en el talle. 
Para su libro de niña, 
le quiero hacer un romance; 
cacho de vida ferviente, 
niña con cantos de madre. 



Para su libro inocente 
como el vuelo de las aves : 

Que se le enrede en el cuello, 
que se le envuelva en el talle. 
Afelpado como un nido 
como su voz lenta y grave, 
como sus ojos graciosos, 
y sus miradas distantes; 
como su alma en candor, 
como sus sueños en viajes ; 
que se le enrede en el cuello, 
que se le envuelva en el talle. 
Graciella; si yo pudiera cumplir 
y hacerte el romance, 
este que te estoy diciendo, 
diciendo y que no me nace. . . 
te lo enredara en el cuello, 
te lo envolviera en el talle. 


Fernán Silva Vaddez. 



GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


11 


NOS FALTA PAPA. 

(Perra mi padre, Carlos María Saralegui) 


Eramos los cuatro, una cadenita, 

CJna cadenita que rompió el Señor . . . 

El sabrá por qué. 

Era de oro fino, de hierro, de plata y platino. 
No puede soldarse jamás. 

De sus eslabones nos falta el mayor : 

el que hacía fuerte, 

el broche magnífico de seguridad, 

el que unía todos los eslaboncitos, 

que han de estar obscuros, desequilibrados, 

de tanto llorar. 

Es de esas cadenas que cuando se rompen, 
nadie aquí en la tierra las puede soldar. 

De un metal distinto era cada uno; 

Papá era de hierro, mamá de platino, 
yo era de plata; Renée de oro fino . . . 

Eramos los cuatro una cadenita, 
una cadenita que rompió el Señor. 

¡No puede soldarse jamásl 

De sus eslabones nos falta el mayor, 

jnos falta papál 






GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


13 


Hoy el cielo ha obscurecido, 
y es de mañana temprano. 

El sol quedóse escondido, 
la lüz se quedó llorando. 

En el Escalda las olas, 
no se abrasaron cantando, 
en Flandes lloró una estrella, 
hasta que acabó su llanto. 

En las casas todos duermen, 
todos descansan confiados, 
sin saber que cuervos negros 
caerán sobre sus regazos. 
Todos sueñan como niñas, 
muchos seguirán soñando, 
muchos no soñarán nunca, 
y otros soñarán matando. 

Y al avanzar la mañana, 
más de mil cuervos volaron, 
sobre las palomas blancas, 
que estaban todas soñando. 
Las despertaron sus picos, 
profundos, negros y trágicos. 
Se internaron en sus pechos, . 
hasta que las desangraron. 




14 HILERA DE TREBOLES 


Bélgica lloró un momento 
la muerte de sus hermanes. 
Las palomas que quedaron 
se tomaron de la mano, 
para recibir unidas 
los picos negros y trágicos, 
de la bandada de cuervos 
que desde el cielo llegaron. 

¡Y en el Escalda las olas, 
unidas en un abrazo, 
cruzaron Flandes entero, 
cruzaron Flandes cantando, 
desafiando a los mil cuervos, 
de picos negros y trágicos. 







HILERA DE TREBOLES 


lft 


¿Qué tu quieres, niña mía, 

una muestra para hacerte un vestidito? 

Para el color del vestido, que lo quieres, 
se te ha puesto, ( caprichitos ) verde roio, 
o amarillo. 

Pero distinto al de todos, que sea único. 

Dame la mano, tengo un huerto, donde viven, 
los colores más bonitos, y por siempre 
inigualados. 

Desde el verde de las chauchas tiernas, 
hasta el rojo del sabroso rabanito. 

Los tomates, muy redondos y carnosos, 
colorados y jugosos, los repollos todos 
crespos, verdi - negro por la orilla, 
y verde - luz por el centro. 

Toronjiles de fragancia insuperables, 
y cedrones que suavizan corazones. 
Alcauciles verdi - plata o verde gris, 
y de un verde mas chillón el perejil. 




CHACELA SARALEGUI LEINDEKAR 


17 


El tomillo perfumado, más obscuro 
y apagado; y los choclos muy barbudos 
y muy tiernos, cual de manteca amasado?. 

Las naranjas ya maduras, asomando entre 

lo verde de las hojas, 

su amarillo muy vibrante, y muy gritón. 

Los ajíes, vivo esmalte de color, 
por maduros o por verdes. 

Saca una muestra, chiquilla, para tu vestido nuevo, 
y aprovecha este momento, 
que mi huerto se convierte, 
en concierto de colores, blancos, rojos 
y amarillos, 

y. dime después, mi niña, si te has quedado 
contenta, del color. 




8 


HILERA DE TREBOLES 


OVRA MUSIRA 
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ARAIS 


r 




GRACIELA SARALEGU1 LEINDEKAR 


19 


jEres insaciable! niña mía, ¿de nuevo en caprichitos? 
¿No te conformó el color que sacaste de mi huerto, 
mitad en fruto, mitad en flor? 

¿Pero es que tú quieres hoy, para tu traje de baile, 
muestras todas argentadas, metálicas y plateadas 
azules y sonrosadas? 

Otra vez dame la .mano, y vamos, 
a la orilla de mi río como mar. 

¿Quieres colorido para lentejuelas, 

quieres suavidades, telas impalpables, 

colores borrosos, y diafanidades? 

i Cosa singular, pero todo eso lo vas a encontrar. 

Azul transparente del aire de aurora, 

y rosa esfumado del atardecer, 

escama de peces para lentejuelas, 

espuma de olas, y estelas de naves, para gasas suaves. 

Para traje blanco, alas de gaviota. 

Para traje verde, olas agitadas, 
para traje pardo, la mar tormentosa, 
para trajé claro, arenas doradas, 
para traje de encaje, espuma clara, 
para traje gris, una tarde helada, 
para traje «legro, la noche callada, 
para traje fresco, la brisa cansada, 
para traje cálido, arena tostada, 
para transparencias, copia un agua viva. 


20 


HILERA DE TREBOLES 


Y borda con cuentas tu nuevo vestido, 
con ojos acuosos de peces dormidos, 
que la red traidora, ya habrá detenido, 

Y si también precisas alfileres de hueso fino 
emplea las espinas pulidas y blanquecinas, 
que las olas rebeldes le traen a tu camino,. 

Y sí crujir de sedas quieres en tu tocado 

más suave que el que siempre, tu hayas cído, 
copia el rumor del agua cuando a lo lejos, 
en olas sucesivas ya se aproxima, 
a la costa de muelles tristes y vtejos, 

Y si un cdllar desea lucir tu cuello, 
junta piedntas blancas, piedrítas finas. 

Y después por broche ponle con cuidado 

un caracoüío tcdc nacarado, puro y sonrosado, 

Y si a todo este traje quieres dotarlo, 
de ventura segura cuando lo uses, 
copia un ancla perdidas por esos lares, 

de algún barco ignorado que ha nctuíragado, 
por distantes y eternos lejanos lares. 




GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


71 



22 


HILERA DE TREBOLES 


Por un camino de tierra, 
llegan los bueyes cansados. 

Sus ojos como carbones 

tienen muertas ilusiones del pasado. 

Así quietos, caminando por 

las huellas del arado, 

van hundiendo las quimeras, 

ono es negro, todo negro; 

van cubriéndolas de barro. 

otro es blanco, todo blanco. 

Los dos juntos, bajo el yugo, 
van caminando callados. 

Tardos, torpes movimientos. 

Y la cola va espantando, 
los insectos que con risa 
van su cuerpo acariciando. 

Claro y oscuro regresan. 

Los dos vienen de la mano, , 
contemplando solamente 
el camino de su arado. 

Más al fijarse en sus ojos, 

se ha de ver algo muy rara 

En el mirar apacible, 

que es todo calma y descaneo, 

se ve una luz que allá brilla, 

como estrella en el ocaso, 

y su fondo obscuro y calmo, 

retrata ilusiones muertas del pasado. 

Y así quietos caminando, 
por las huellas de su arado, 
van hundiendo las quimeras, 
van cubriéndolas de barro. 





24 


HILERA DE TREBOLES 


Pájaro enorme, que casi al cielo llegas, 
sin emitir ni un trino, 
y sin mover tus alas. 

Eres el compañero de la brisa, 
y el novio de la estrella lejana. 

Conoces los secretos del espacio, 
y te escondes tras la nube que pasa, 
te duermes sobre la noche negra, 
y al despertar; llegas con la mañana. 
Vives en esos aires azulados. 

Del mundo este, no caneces nada. 

¡Mejor, pájaro enorme, 
gigante de grises y aperadas alas. 

Te aconsejo; no dejes a tu novia, 
ja de inocente luz, blanca y lejana, 
no dejes de esconderte tras la nube, 
que pasa presurosa y solitaria. 

Pues, si algún día abandonas los espacios, 
para vivir en esta tierra insana, 
con el llanto en tus pupilas grises, 
bajarás la cabeza, y cerrarás las alas. 




GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


&6 




26 


HILERA DE TREBOLES 


(Nos Iremos juntos! (No* iremos lejos! 
(Cruzaremos solos los bosques enteros! 

(Nuestro amar eterno 
lo sabrá hasta el viento, 

V han de abrimos paso por entre las zarzas, 

v al vemos los pájaros, cantarán más quedos, 
y han de abrimos paso p<JT entre las hierbas, 
los rayos calientes, caricias de un cielo, • 

|Mas no, no te vayas dulcísimo sueñol 
Ya todo se acaba, ¡que sola me quedo! 
que sola en la noche me deja el ensueño! 

Se fueron tus ojos, se alejó tu aliento, 

Ya el viento no canta nuesiro amor eterno! 

|Qué lejos nos fuimos! Uno está en la tierra, 
y otro está en el cíelo. 

Y aquí me he quedado llorando en silencio, 
silencio vestido con soles ya muertos. 

Partiste. ¿Y a dónde? Te fuiste muy lejos... 
Ya todo ha acabado. (Benditos' los sueños! 
(Feliz el que sueña los años eternos! 

(Feliz el que sueña sin saber que un cha, 
llegará la hora que quede despierto! 




GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


27 



HILERA DE TREBOLES 


*8 


En la quietud azul que se recuesta, 
en la tarde dormida sobre los altos pinos, 
como un cristal de sol es ve una estrella, 
abanicando en el silencio tibio. 

Tiembla tímida y suave su luz clara, 
y también, recostándose en les pinos, 
ilumina sus ramas que parecen, 
dos ágatas con gotas de rocío. 

Fue de allí, que sacaron tus dos ojos, 
y fue allí que se vieron ccn les míos. 
Aquella tarde ya casi dormida, 
recostada en las ramas de los pinos, 
con la quietud azul sobre sus hombros, 
y la luz de una estrella en los caminas. 
Desde que se alejaron tus dos ojos, 
desde que huyeron le jes de los míos, 
miro al atardecer las altas ramas, 
acariciadas por la luz y el brillo, 
de una estrella que tímida me muestra, 
dos ágatas con gotas de rocío. 

Y entonces, recordando aquella tarde, 
la tarde que tus ojos fueron míos, 
ad ver las ramas con la luz difusa, 
son tus dos ojos verdes, los que miro. 




GRACIELA 



EGUI LEINDEKAR 29 






HILERA DE TREBOLES 


30 , 


Madre, 3on sus pupilas, dos pedazos de océano, 
con orillas obscuras, llenos de luz -y paz. 

A veces, iracundos, con relámpagos fieros, 
otras veces románticos cual si fueran luceros, 
y otras veces ardientes, prontos pasa quemar. 

Así son sus dos ojos, sus dos ejes azules, 
con los cuales yo sueño sin nunca despe r tar, 
así son sus des ojos, sus dos ojos de océano, 
con su calma, su furia, su dolor y su miedo. 

■u traición escondida en su fondo sin parf 
Yo los amo, los cdto, les busco, los deseo, •• 
me reprocho a mí misma esta debilidad, 
les llamo al estar lejos, huyo cuando los tengo, 
y sueño eternamente, sin nunca despertar. 

No ignoro que son males, tal como es el océeano, 
c pesar de esto, madre, me voy a navegar. 
¡Naufragué tantas veces! Sin embargo, los quiero, 
deseando muchas veces volver a naufragar. 

Y sé que en. una de estas, se escapará mi vida, 
y sé que en una de estas, no podré retomar; 
entonces sus dos ojos, no serán del océano, 
sino calmas lagunas, donde nadie ya nunca, 
¡volverá a naufragar! 




GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


31 




32 


HUERA DE TREBOLES 


Vi en tus ojos negros, (tantas, tantas cosasf 

Vi que me querían, que de mí se irían, 

que por mí alentaban; (Mas nunca he podida saber 

la verdad! 

¿Qué dicen tus ojos de cristal brillante? 

(Tus ojos de noches, de noches muy cálidas, 
de noches muy irías, de noches muy tristes, 
que es todo dolor! 

¿Qué hay en tus dos ojos de contradicción? •« 

A veces me miran de lejos, y siento, 
en mis dos pupilas ardiente fulgor, 
y veo las cosas más dulces y grandes, 
y es con tus pupilas que estoy viendo yo, 

(Perdonad Dios mío, si el quererlo tanto 
puede ser pecado, porque yo. Señor, 
lo quiero y por siempre, quizá es demasiado . . . 
mas ¿quién pone frenos a mí corazón? 

Me acuerdo una noche, los dos de la mano, 
mis ojos, sus ojos, perdidos los dos, 
los árboles altos, las flcre3 pequeñas, 
inmóviles, quietos, al pie de las peñas. 

Pasaron las horas, y nada en la noche la calma quebró. 
Nos quisimos tanto, que nada dijimos. 



GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


SS 


La pupila mía con la de él habló, 
un lenguaje mudo que sólo lo entienden, 
ias flores, los árboles, el cielo, tú y yo. 

Y esa misma noche, vi en tus ojos negros, 
tantas, tantas cosas...! Vi que me querían, 
que de mí se irían, que por mí lloraban, 

]Mas nunca he podido saber la verdadl 
jDesde entonces nunca te dejó de amarl 
Te tengo muy lejos, cruzaste los mares, 
nevadas regiones, eternos pinares, 
y al fin, te me fuiste, más allá del sol- 
pero hay ciertas noches que en mis ojos siento, 
dos pupilas negras, 

que me hablan de amor. Y entonces llorando... 
me voy de^tus ojos, a pedirle al cielo 
me dé su perdón, por quererte tanto, 

¡sin tener tu amorl 


34 


HILERA DE TREBOLES 



GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


35 


Eran muchas moreras del brazo, 
altas, verdes, de moras cubiertas. 

Un perfume de tintas violáceas, 
ccn caricias de sol en las venas, 
despedían las moras maduras, 
opacas y dulces frutillas violetas. 

¿Dime tú, mi pequeña gitana, 
que naciste en las altas moreras, 
si el color de tus ojos sombríos 
lo tuviste al nacer en las cuevas? 

Porque dicen, que # cuando naciste, 
eras rubia y con ojos de hierbas^ 
mas después, tus cabellos de soles, 
por jugar con la noche hechicera, 
se quedaron obscuros, obscuros, 
y hoy los tienes de noches completas. 

Has vivido cual la mariposa, 
saltando y corriendo por entre las peñas, 
dormitando en los tréboles frescos, 
y abrazada a las altas moreras. 

Y se dice que tus dos pupilas, 
fueron hechas con jugo de hierbas, 
y de tanto mirar a las moras, 
tus dos ojos quedaron violetas. 

Sigue, niña durmiendo en los pastos, 
abrazando a las altas moreras, 
mira siempre sus frutas sabrosas, 
nunca quieras mirar a la tierra; 
que tus ojos- de moras maduras, 
tus cabellos de noches completas, 
no conozcan las noches heladas, 
no conozcan las nieblas eternas. 






GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 




F.l niño llora a su madre, 
la madre llora a su niño, 
ios dos están muy distantes, 
los dos están muy unidosl 
La madre ve aquella noche, 
llena de niebla y de frío, 

•en que soldados armados, 
ie arrebataron su vida, 
ie arrebataron el hijo . . . 

Y pasan noches y noches, 
la madre espera a su niño. 

Sentada junto a la puerta, 
sus ojos en el olvido. 

•Su pelo cual noche obscura, 
se vuelve un blanco enfermizo, 
y en la puerta sigue, inmóvil, 

¡estatua gris del martirio! 

Y así llegan las mañanas, 
y así mueren los caminos, 
y así salen los luceros, 

y así pasa el tiempo. Rígida, 
clavada, inmóvil, 

yace la madre. Y el niñol no volvió 
nunca a su cesa. 

En un silencio rojizo, 

cayó la madre hacia el suelo, 

¡la estatua gris del martirio! 

Y así quedó ¡para siempre, 
siempre esperando a su niño! 





GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


3 !) 


Por los riscos cubiertos de musgo, 
Marabí la gitana se acerca. 

Marabí, que ha robado a la noche, 
sus dos ojos de mirada fiera, 
j Marabí, la gitana del bosque; 

¡Marabí, la gitana más bella, 
la que tiene hechizado al más bravo, 
de la alegre región malagueña. 

¡Marabí la de risa en cascada, 
la que tiene los ojos de cera, 
la que tiene el color del cabello, 
más obscuro que el fin de una cueva. 

En las tardes que el sol no se asoma, 
Marabí sin salir de su cueva, 
se refugia en su fondo de sombras, 
más obscuras que su cabellera. 

Y allí sola, tendida en la roca, 

en sus hombros sus trágicas trenzas, 
llora. . . y llora. . . sin dar un gemido, 
y así pasa las tardes enteras. 

Y después . . . quien la ve por los riscos, 
y cantando por entre las piedras, 

dice al ver su semblante gitano, 
dice al ver sus pupilas de cera. 

¡Marabí, la gitana del bosque! 

¡Marabí, la gitana más bella, 
la que tiene la risa en cascada. 

Marabí la del alma de piedral 




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HILERA DE TREBOLES 


Aíftíío^ 

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GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


41 


Caracol, viajero errante, 
huésped de las hojas secas, 
compañero de los árboles, 
compañero de la huerta, 
con tus dos ojos muy largos, 
mirar, parece quisieras: 
todo lo que te rodea. 

Las aguas blancas y frescas 
del arroyo de mi estancia, 
y en la orilla las arenas. 

Las escamas de los peces, 
¡misteriosas carabelas! 
que duermen durante el día, 
y al irse el sol se despiertan. 
Caracol, querido amigo 
de la pared ya muy vieja, 
que hay momentos que parece, 
que se va para la tierra, 
junto con los caracoles, 
que están dormidos en ella. 
Caracol, viajero errante, 
sin hogar y sin vivienda, 
compañero de les árboles, 
huésped de las hojas secas, 
te he hecho un rincón en mi alma, 
y ven a vivir con ella. 



42 


HUERA DE TREBOLES 


Y así juntos, como hermanos, 
iremos de puerta en puerta 
Nos recibirán las aguas, 
las aguas blancaB y frescas; 
las escamas de los peces, 
la suavidad de la arena, 
la pared vieja y cansada, 
la verde y graciosa huerta; 
y a la noche, fatigados, 
a dormir en hojas secas. 
Quizá me vuelva muy pronto, 
quizá nunca esté de vuelta. 
Voy a pedirle a la brisó, 
me lleve montada en ella 
por los espacios y el délo, 
al interior de una estrella; 

7 entonces, dad compañeros, 
adiós a toda la tiena, 
al árbol, a la laguna, 
a los peces, las arenas. 







44 


HILERA DE TREBOLES 


A la guerra se fuó un día, 
nadie lo ha visto volver. 

Su madre llora en silencio, 
la niña llora también. 

Lo esperaron, tanto tiempo, 
que al fin la niña creció, 
fina, bonita, atrayente, 
pensando siempre en su amor 
Cuando nadie lo esperaba, 
una mañana volvió : 

La niña le abrió los brazos, 
su madre lo acarició, 
y el naranjo, emocionado, 
por sexta vez floreció. 

Y eso es cierto, fuó un soldado, 
más bien un niño, mi Dios, 
que partió para la guerra, 
y hecho un hombre regresó. 

Sus ojos de azul muy claro, 
se cambiaron de color; 
a pesar de ser azules, 
el azul obscureció. 

Su voz muy suave y muy dulce, 
por otra voz se cambió, 
a pesar de ser muy suave, 
tuvo amargura y dolor. 

Su corazón antes grande, 
muy pequeñito volvió. 



GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 

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45 


Un trozo lo dió a su madre, 
un trozo lo dió a su amor, 
uno quedó en las trincheras 
en donde se hizo mayor, 
y otro se lo entregó al. alma 
del primero que mató. 

Entonces chico, muy chico, 
le quedó su corazón. 

Y desde entonces se canta 
por toda la población, 
la canción que se refiere 
al niño que un día marchó, 
a matar a sus hermanos 
en una guerra feroz, 
y que al volver hecho un hombre, 
se le extravió el corazón. 




4f> 


HILERA DE TREBOLES 






GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


47 


'Madre míal me he internado 
-caminito equivocado. 

Qué amargura desandar lo que había andadol 
No se arrancan a girones los recuerdos, 
pues son hechos como tules afinados, 
pero fuertes como aceros bien forjados. 

Ellos tienen de lo fino y de lo recio, 

¡rudo, suave y afinadol 
¡Madre míal, me he intemado 
caminito equivocado. . . 

¡Qué amargura desandar lo que había andado! 
¡Qué confusa está mi -alma! 

¿Es aquí ó será allá? 

Hoy de nuevo yo he dudado. 

Ese poste indicador. 

¿Será de amor O dolor? 

¡Ya otra vez he caminado! 

¡Madre mía, ¿tú lo sabes? 

¿Me he intemado caminito equivocado? 

¡Madre míal, 

alumbra aunque sea un poquito 
¡que es andar dulcificado! 

Alumbra con esa estrella, 
que va con todas las madres, 
muy cerca de lo ignorado, 
si su niña va a avanzar, 
caminito equivocado! 



48 


HUERA DE TREBOLES 



GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


49 


¡Si todos los mundos son repeticiónl 
Me acerqué a aquella pescadería del mercado, 
y a pesar del olor sabroso del pescado, 

¡me dio por pensar! 

Y desfilaron ante mis ojos, las mojarras pequeñitas, 
lagartijas de la mar, junto a un pulpo complicado, 
cabellera de mujer, que la mar ha despeinado. 
Mejillones pardo y blanco, que a viva fuerza 
arrancaron de la roca de su amor. 

Y así como muchos seres, detrás de dura envoltura, 
encierran mucha blandura. 

Y allí un bagre, castigado por el sino. 

Es feo de nacimiento, de boca descomunal 
y ojos grandes y cansinos. ¡Si lleva a cuesta un destino I 
Allí reposa una brotóla. Esta es la créme de mi río. 
Distinguida y señorial, princesa del agua dulce 
y codiciada por todos. ¡Desde el hotel al navio! 

Tonina, grande y redonda. Son las matronas del mar, 
todas vestidas de obscuro, y flotando entre dos aguas, 
reposo van a buscar. 

Almejas, cual chauchas blancas, enterradas en la arena. 
Me recuerdan las esquivas! se esconden, 

Pero burbujas de aire que a la superficie asoman, 
las delatan, y a otro destino las atan. 

Agua viva, eres la mujer mordaz de mi río, 
las ventanas de tu boca hacen herida y gangrena. 
Cangrejo, ¿es el mundo de los rápidos, 
o es el mundo de los tardos? 



60 


HILERA DE TREBOLES 


Si es por ligero, te caes, si es par despacio no llegas. 
|Qué en todos lados, mi Dios, 
se pueden encontrar cardos. 

¿Y la caña de pescar? Parece interrogación. 

Que tarda poco en llegar, que tarda mucho en volver. 
Camada, carne de hermanos para engañar. 

Cangrejo ponen en ella. No se precisa ser pez, 
no se precisa nadar, para que haya hermano 
lobo, que esté pronto a devorar. 

¿Y el pescador?, dice el vulgo: uno que no piensa nada... 
(Pobre ser el que no tenga, sus soledades pobladas. 
Mas la ley del ancho río, es la ley universal, 
en la tierra y en el mar. Respetada cual ninguna. 

Pues la foca bamboleante, come tierno pejerrey, 
y el pejerrey afinado, sardinitas al nacer. 

Y volví a decir; |si todos los mundos sen repetición, 
y me alejé de aquella pescadería del mercado 
y a pesar del olor sabroso del pescado, 
me dió por pensar! . . . 




GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


61 




52 


HILERA DE TREBOLES 


r 

' Soldados! a marchar rápido, 
el aviso ésta cercano. 

« Ya llegan los enemigos 
¿ sobre sus enormes pájaros. 

. Y usted, recluta, ¿no siente, 

'la voz que lo está mandando? 
i ¿Qué mira, que ven sus ojos 
i sobre el molino acostado? 
j Y por qué sus dos pupilas, 

I parecen cardos mojados 
con gotas de lluvia fresca? 

5 Al soldado que es valiente, 
jnunca se le ve llorandol 
Bajó la cabeza en seco, 

' luego humedeció sus labios, 
mandó un beso hacia el molino, 

: y se alejó caminando. 

: En ese instante vinieron, 

> recuerdos en vuelo raudo. 

¡ Vio su casita de troncos 
dormitando sobre el barro, 
y vio el pino majestuoso, 
que más que árbol fue su hermano. 
También recordó a su madre 
que estaba siempre esperándolo . . . 

Y también a la pequeña, 
la que tenia los cabellos 
hechos con frutos dorados. 



GRACIELA SARALEGUI LEINDEKaR 


53 


Y por ojos, dos luceros, 

que en cielo se habían bañado. 

Y aquella tarde apacible, 
que marchando de la mano 
confundieron los colores de sus ojos, 
los mezclaron, 

y que sintió en las mejillas 
besos dé trenzas muy suaves, 
trenzas de frutos dorados. 

Y vió también que al marcharse, 
el molino alzó sus brazos, 

sus cuatro brazos al cielo, 
y le hizo adiós con las manes. 

Hoy por eso al ver de nuevo, 
de un molino cuatro brazos, 
creyó que entraba en su casa, 
y sin querer soñó un rato . . . 

Por eso, al verse despierto 
de su vivido letargo, 
besó al viento y al molino, 
y se alejó caminando . . . 


douinm®^ 


HILERA DE TREBOLES 


6£ 



GRACIELA SARALEGUI LEINDEKA* 


65 


Camino, querido amigo, 
viejo camino marchito 
por el tiempo que ha pasado. 
Camino, ¡has envejecido! 

¿Dime, caminito verde, 
dime, no estás aburrido 
del cielo azul y el espacio, 
del pueblo y los eucaliptus? 

¿No te cansas, caminito? 
¡Grandes arrugas te han hecho, 
la lluvia, el tiempo, los siglos, 
Triste te ha dejado el mundo, 
aun peor, en el olvido! 

Camino, querido amigo, 
viejo camino marchito. 




56 


HILERA DE TREBOLES 



GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


57 


Dios ha rociado con partículas de fósforo 
la noche oscura del huerto. 

¿En el verano has mirado 
los pequeños fuegos fatuos 
que se apagan y se prenden? 

¿Y que suben, y que bajan 
para un lado y otro lado? 

¿Qué danzan un baile loco 
interminable y ligero? 

¿Qué cuando una mano estiro, 
para tomarlos, huyen, cual 
la idea que yo quiero? 

Lucesitas diminutas, 
chispas del aire del campo. 

Les llaman bichos de luz. 

A mí se me ocurre siempre 
ser almas de mariposas que 
retornan al hogar, (el cáliz de v 
alguna rosa, la corola de un azahar, 
c una azucena dormida). 

Y se acercan, y se posan 
con cautela, en su estela luminar. n 
M as se asustan de su audacia, 
y huyendo salen ligero, 
dando saltos y corriendo. 

Por eso apagan y prenden 
sus faroles diminutos, 

[todo luz y toda gracial 
Les llaman bichos de luz. 

Yo; almas de mariposas. 

Son como cosa intangible, 
que cual mirada se posa. 



58 


HILERA DE TREBOLES 



GfiACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


59 


Fugaces pasajeras, errantes mundos del celeste cielo. 
¿Buscáis en el espacio, algún faro que alumbre 
vuestro vuelo? 

Hoy corréis ligeras por los campos azules, 
mañana, sombrías veréis grises senderos. 

No os cansáis nunca, y siempre sin reposo, 
algo deseáis, mas ese algo imposible, 
huye lejano del encuentro vuestro. 

¿Qué buscáis en las marchas solitarias? 

¿Por quién lloran sin son vuestros anhelos? 

¡Fugaces pasajeras, claves indescifrables 
del misterio I 

(Ronda azul y rosada de las nubes!, 
vagabundas errantes de los cielos, 
que tras de una ilusión van derramando, 
la luz que brota de entre sus cabellos. 

Buscando un faro, en su continua marcha, 
van muriendo los soles y los vientos. 

(Pebres suspiros cansados de la vida, 

que con ansias ardientes remontaron el vuelo, 

y han cuajado de espuma, sus cansados anhelos. 






GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


61 


Sobre los pinos en sueños, 
rasgó la luna de plata, 
una escalera de hilos, 
una escalera acostada, 

Y por ella, las estrellas, 
la cruzaron en farándula, 
y así quebraron el sueño, 
de los pinos y las zarzas. 

La niña, al ver la escalera, 
quiso como ellas cruzarla; 
quiso subirse a los pinos, 
mas no pudiendo, ¡enojadal 
lloró por no ser estrella, 
o por poder tener alas. 
Después de muchos trabajos, 
pudo llegar a las ramas; 
entonces, buscó, afanosa, 
mas la escalera ¡no estaba! 

La luna se había escondido, 
y las estrellas, muy altas, 
se habían llevado en la frente, 
todos los hilos de platal . . . 














GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAP 


Duerme, mi niño, duerme, 

rosado montoncito, recostado en mi pecho, 

que aquella blanca estrella 

que desde el cielo mira, 

ya velará tu sueño. 

Duerme, mi niño, duerme, 

rosado montoncito, recostado en mi pecho, 

que la brisa ha pulsado 

sus cuerdas en la acacia, 

para cantarte, quedo . . . 

El niño se ha dormido, 
el montoncito tierno, 
con la luz de una estrella, 
i a canción de una acacia, 
y de la madre un beso. 

¡¡Qué fué más que la estrella, 
qué fué más que la acacia, 
qué fué más que su sueño! , . . 






GRACIELA SARALEGU1 LEZNDEKAR 

i ' ■ "" ' 


Era un peñón de granito, 
que Dios había endurecido. 

Era un peñón que tenía, 
la cara toda de piedra, 
y en cada piedra había un nido, 
y en cada nido había un pájaro, 
y en cada pájaro un trino. 

Uña mañana muy bella, 
vino del cielo un gran ruido; 
y entonces, por el espacio, 
vieron pájaros amigos, 
amigos en las desdichas, 
y amigos en los castigos. 

¡Todo el peñón agitado 
por recibir los amigos! 

Los pájaros despertaron, 
e hicieron de ellos un trino; 
un trino ardiente y sonoro, 
que hizo que el duro granito, 
sintiera entre sus entrañas, 
un rápido escalofrío. 


65 




66 


HILERA DE TREBOLES 


Mas los pájaros llegados, 
sólo fueron enemigos. 

El peñón que Dios hiciera, 
no pudo ser destruido, 
por glandes pájaros fieros, 
que de un infierno venidos, 
¡quisieron romper las piedras, 
quisieron romper los nidos, 
y en cada nido había un pájaro, 
y en cada pájaro un trino . , . 
Luego se fueron, triunfantes, 
cuando todo hubo concluido- 
Llegó la noche en silencio, 
y del peñón de granito, 
se oyó llorar a las piedras, 
se oyó gemir en los nidos, 

¡se vieron lágrimas blancas, 
correr entre los caminosl 






68 


HILERA DE TREBOLES 


¿A dónde corréis, mis niñas, 
racimitos de uvas frescas, 
manzanas recién cortadas, 
con olor a madre - selvas? 

¿A dónde corréis, mis niñas, 
cr dónde vais tan ligeras? 

— Vamos a contarle al río, 

qüe es nuestro novio el que llega, 

y que él vaya a iecibirlo, 

con su gran arpa de arena. 

— Vamos a contarle al viento, 

que es nuestro novio el que llega, 

y que él vaya a recibirlo, 

con su vibrante sirenal 

Y a decírselo a las flores, 

y a los pájaros que vea, 

fqué hoy ha llegado mi novio, 

y con él, la primaveral 

Vamos en busca del río, 

del viento, la flor, la hierba, 

a darle nuestra noticia, 

para que todos la sepanl 

Por eso corréis, mis niñas, 

racimitos de uvas frescas, 

manzanas recién cortadas, 

con olor a madre - selvas. 




GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


69 



70 


HILERA DE TREBOLES 


I 


¡Qué dulce el recuerdo de una palabra, 
dicha al acaso tal vezl 
Pero que hace huella y labra, 
y toma a rodeamos una y otra vez. 

El recuerdo para el sensitvo, 

que lo agiganta día a día, 

y hace de lo pasado* algo vivo; 

es más dulce y es más tierno, 

es una caricia breve, 

que hace en el alma, un red -vive, 

cuando roza su ala leve, 

mucho más que el presente fugitivo . . . 

Palabra dicha al azar, 

que tú no sabes cuál es. 

Mas hizo vuelo emotivo, 
difícil de imaginar. 

Palabra dicha al azar, 
que tú no sabes cuál es . . . 



(¡SACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


71 




72 


HILERA DE TREBOLES 


Piedras grises, sol mañanero, 
camino dorado con bordes fragantes; 
perfume fuerte de manzanilla, 
ardores solares en días de enero. 

Todos los sentidos se ponen agudos, 
y las impresiones se estampan en piedra 
por siempre, jamás! 

Mis perros amigos, 

con gestos ceñudos, 

orejas en alto, nariz dilatada, 

jde acecho la estampal 

Y pasan fugaces, saetas bermejas, 

de mi pedregal, sorpresa del suelo, 

hileras sangrientas, movibles, que doblan, 

ligeras..., ligeras..., cerca del sauzal. 

Esmaltes vivos en rojo; 

movibles y pequeñetas, 

sen fiesta para los ojos 

y acicate de los nervios 

mis rojas lagartijetas. 




GRACIELA SARALEGUI LEINDEKaR 


73 




74 HUERA DE TREBOLES 


Cruz de palo, que en medio 
de un caminito 
de cementerio pueblero, 
apenas levanta un palmo. 

Marcando hacia lo infinito, 
entre cruces arrogantes, 
y muy cerca del alero 
que habita el camposantero. 

[Vida y muerte! ( como siempre ) 
j Qué cercanos I El sino de cada cual, 
hace ver la muerte vida, 
o hace ver la vida muerte, 
j Muchas veces es igual! 

Cruz de palo y de aislamiento, 

sin nombre, donde ha prendido y florecer 

como un pensamiento ido, 

plantita, clavel del aire, 

que allí esta de centinela 

si anochece o si amanece. 

jPlantita, clavel del airel 

Terco y porfiado en su donaire. 

¡Qué humilde la crucesita, 
como pidiendo perdón está 
toda inclinadita! 

¿O es de agobio del dolor, 
al ver que en un corazón, 
ya no queda para ella, ni un rincón? . . . 
Porque un alma se ha escondido 
detrás de esa pobre cruz; 

¿y se ha encontrado algún alma 
donde no haya sombra y luz? 



GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


5 





76 


HILERA DE TREBOLES 


Loj llevaron a la fuerza, 
nii él, ni su madre querían. 

Lq llevaron a la fuerza, 

i 

uácr mañana muy fría. 

Sú cabello de trigales, 
cqn el viento se reía 
mientras que sus ojos negros, 
gotas blancas desteñían. 

; Tan niño, y se lo llevaban, 
tan niño, y no volvería! 

La madre quedó en silencio 
con las manos extendidas. 

Algo deseaba en la espera, 
algo que no llegaría. . . 
Cruzaron los naranjales, 
los olivos y las viñas, 
y el niño seguía llorando, 
sm saber lo que vendría. 
Marchó mañanas heladas, 
tardes grisáceas y frías, 
durmió en las zanjas mojadas, 
y anheló alguna caricial 
Como él iban muchos niños, 
sin saber a lo que iban. 
¡Matar!., dijeron los jefes, 
y a matarse marcharían. 
Muchos no sabían con qué; 
muchos aún no lo entendían, 
otros temblaban de miedo, 
y otros’ débiles gemían. 



GRACIELA SARALEGU1 LEINDEKAR 


71 


Y el niño de los trigales, 
llorando pasaba el día, 
con el terror dibujado 
•dentro de sus dos pupilas. 

Llegó el final de la noche, 

y una granada caída de manos de algún 
soldado, hizo romper a las filas. 

El ruido hirió los oídos, 
la luz lastimó la vista; 
y después de esta granada, 
comenzó a luchar la vida. 

El niño de los trigales, 
en una trinchera herido, 
llamó a su madre gritando : 

Mamá, mamita querida. 

Y corriendo enloquecido, 
viendo que nadie impedía, 
aquella lucha terrible 
entre la muerte y la vida, 
abandonó la trinchera 
huyendo por la avenida, 
teñida |toda de balasl 
Alzó los brazos al cielo, 

y refrescó sus pupilas. 

De la trinchera observaron, 
su cabello, de trigales, 
que con las balas reía. 

Luego se fué con el viento, 
rezando un Ave María. 

Y la madre ló esperaba 
con las manos extendidas! 





78 


HUERA DE TREBOLES 



GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


T» 


Va andando con paso cansado, de enfermo, 
la vieja carreta de ruda madera. 

Va por el camino de sol y de tierra, 
llevando de carga las mil ilusiones, 
dejando en el suelo maltrechas las huellas. 

Y no ve que en éstpts, 

volarán quimeras deshechas y muertas. 
Camino al terruño marcha la carreta; 
ensuciando el aire de , color madera. 

Se va la carreta, por el viejo camino 
de sol y de tierra. 

Y marcha cansada, hasta que al fin llega, 
al monte de verdes y altísimos álamos, 
donde el cielo desmaya en los lagos, 

su cara serena. 

Donde hay rosas que muestran 
rubor de doncellas, 
donde haY campanillas que captan, 
y lirios que tiemblan. 




$a 


HILERA DE TREBOLES 


Donde el gaucho valiente e intrépida 

su amar, al paisaje demuestra, 

tocando en su antigua guitarra 

las tristes vidalas que vibran, 

también en su alma, ¡no sólo en las cuerdas! 

Donde hay margaritas, que el viento al pasar' 

en la frente besa. 

Por fin acercóse la vieja carreta; 
creyendo encontrar como antes, 
su antigua y querida vivienda; 

Pero entonces, con paso callado, 

llegó la tristeza, al ver, 

que ya nada quedaba de aquella. 

Solo el cielo desmaya en los lagos 
su cara serena. 

Y volvió la carreta, de nuevo, 

por el mismo camino de tienn; 
mas sin carga, pues ésta ya estaba, 
enterrada por siempre en las huellas. 




GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


81 



HILERA DE TREBOLES 


3 2 


En un beso interminable 
se han unido el mar y el cielo. 
Ni una nube los separa, 
y ni un viento pasajero; 
ni la luna asustadiza, 
ni una estrella, ni un lucero. 

Hay un barco que ha intentado 
deshacer este gran beso, 
i mas no ha tenido coraje! 
si no le alcanzó el esfuerzo! 

Y se ha rendido impotente 
al amor de un mar y un cielo. 
En un beso interminable, 
se han unido el mar y el cielo. 
Nadie separarlos puede, 
ni la nube, ni el lucero, 
ni los hombres, ni los vientos. 



GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


83 



HUERA DE TREBOLES 


K 4 


Por las rojizas laderas, 
llegó cantando la noche : 
el misterio de las sombras, 
la canción de los fantasmas, 
el silencio de la espera 
llena de bruma y reproches; 
que envolvió todas las sierras, 
y marcó to$os les bosques, 
y empapó todas las aguas, 
y mató todos los soles. 

Un trozo de ala de cuervo, 
cuajó detrás de las flores, 
y se han quedado llorando, 
llorando toda la noche. . . 

¡Qué ermarga melancolía! 

One ardiente nostalgia entorna 
los párpados ya cansados, 
de todos los verdes bosques. 

Y en el silencio y la espera, 
llena de bruma y reproches, 
ha de cantarse el entierro, 
de todas, todas las flores . . . 

i Qué ctmarga melancolíal 
-Qué tristes mueren los solest 

Y en las rojizas laderas, 
llegó cantando la noche! 




GRACIELA SARALEGUI LEINDEKA1 


85 



86 


HILERA DE TREBOLES 


mariposas azuies, blancas y oro; 
pedacitos de gasa desparramadas, 
¿Buscáis un faro? 

Surcando el aire, 

cual velas diminutas en el espacio 
sosteniendo las barcas tenues y aladas, 
¿Buscáis un puerto? 

Movibles y cambiantes como locuelas, 
corréis de flor a hoja; 
de fruto a rama. 

¿Queréis que lo ignorado se tome cierto? 
¡Intento vano! Corréis una esperanza, 
y cuando llega, ya apunta otra, 
que no se alcanza. . . 

¡Eterno sube y baja 
de la ilusión que escapa, 
en raudo vuelo, 
v en perenne andanza. . . 




GRACIELA SARALEGUI LEÍNDEKÁR 


87 


O I flCEMDlO PE LA GUERT2A 
HASTA EN LOS BOSQUES PE 

FEAHCIA¿ 



HILERA DE TREBOLES 


8* 


El Jura estaba bailando 
con luces de estrellas blancas. 
Sus verdes y viejos bosques 
con; dulzura contemplaban, 
el amor de luna llena 
que. se bctñaba en las aguas 
del Ródano majestuoso, 
orgulloso río de Francia. 
Arboles tcdos del brazo, 
que esperaban la mañanar 
y con ella las caricias 
del sol que lo,s saludaba. 

Y aguardaban a la aurcra 
surgiendo de entre las ramas, 
mil trenzas hechas de trinos; 

y moñas de plumas blancas. 
Todo era paz en los bosques, 
una paz suave y rosada; 
color que daba la aurora, 
aurora con trenzas largas. 

Un trueno quebró la cinta, 
de luz, de color, de gracia. 

La aurora se fué tiñendo, 
ya no era sólo rosada. 

Y el sol, abriendo sus labios. 


GBACIELA SARALEGUI LQNDEEAA 


89 


mandó su. nsa quemada, 
que incendió todos los bosques, 
y mató todas las alas. 

El Jura se fué envolviendo 
con violencia en una brasa, 
que apagó hasta los luceros 
que desde el cielo miraban; 

Y hasta los bosques ancianos, 
{recolección de esperanzas, 
deseando que el sol les diera, 
su sonrisa tibia y clara, 
recibieron del amigo 
ia terrible carcajada, 

Que fué quemando sus copas, 
sus raíces, y sus plantas. 

;E1 Jura estaba llorando 
con luces de estrellas blancas! 

De sus bosques gigantescos 
sólo ceniza quedaba. 

A lo lejos, luna llena 
en las aguas se bañaba 
del Ródano majestuoso. 

;Aún algo quedaba en Francial 
¿ Quién puede matar la luna? 
¿Quién puede secar las agua?... 


i 



90 


HUERA DE TREBOLES 



GRACIELA SARALEGUI LETNDEKAfl 


91 


*9 % 

Caminito de los novios lo llamaban, 
caminito de los novios, 
todo alfombrado de blanco, 
todo techado de verde. 

Su piso no era de tabla. 

Su techo no era de yeso. 

Arriba verde, ondulante, todo vida y movimiento 
Abajo niveo y mullido, también vivía, 

Y cuanto más lo apretaban mis pies ligeros, 
más fragancia despedía... 

Era como muchos buenos pues en silencio 
y cuanto más lo apretaban, 
más lentamente moría, 

Pero antes, me perfumaba [toda! 

Caminito de los* novios lo llamaban, 
caminito de los novios, 
todo alfombrado de blanco, 
todo techado de verde. 




9$t 


HILERA DE TREBOLES 


j Y eran quinientos naranjosí 
de dos en dos, y apretados, 

como si fueran del brazo, tocándose las cabezas 
Y eran quinientos naranjos, 
en días de primavera. 

Sus techos verdes. Sus copas, 
que se unían allá arriba. 

Su piso niveo y mullido 
sus azahares perfumados, 
que caían a montones, en racimos, 
en puñados, blandamente . . . 

¿Era Dios que bendecía? 

Caminito de los novios, lo llamaron, 
y eran quinientos naranjos, 
de dos en dos, y apretados, 
como si fueran del brazo. 


GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR i»3 


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nmiin 'mnuoi 




04 


HILERA DE TREBOLES 


Hermanita mayor, te extraño. 

Hermanita buena, toda delicada, 
de cuerpo y de alma. 

Eres una rosa te, 

con dos pupilas de sombra. 

Cuando despierto, siento no ver tu cabezo 

manojo de rulos negros, 

apoyada como siempre 

sobre la almoadita blanca, 

hecha de plumas de cisne, 

de nuestra granja, hace años - . . 

Tus pies y tus manos breves, 

son tan breves y tan finos que asombran. 

Miras como una gacela emocionada. 

Los marfiles nuevos y dulces 

de ti me hablan. ¡Si eres toda dulzura! 

Me hablan las porcelanas de SévTes 
en sus figulinas suaves. 

Los retratitos antiguos 
de cristales 9 de esmaltes 
que se ven por las vitrinas. 

Cuando este invierno vestías 
con traje de terciopelo 
y cuello de viejo encaje, 
eras una figulina, que había visto 
en medallones, no sé cuando. . . 

Mas tu alma, no guarda la relación 
que debiera con tu cuerpo miñoncito. 

Tu alma es grande, que hasta asombral 
y en esos ojos, inmensos, se retrata. 

¡Eres una rosa te, 

con dos pupilas de sombra! 




GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


95 




HILERA DE TREBOLES 


Mi 


Manojo de plumas chillonas, 
manojo gritón. 

Todo en tu persona es duro, estridente, 
sonido salvaje en tu voz. 

Chirrido de sierras a medio afilar. 

¿Tú lengua es de corcho, 
tus ojos de vidrio, 
tu uña es feroz? 

Hay algo de humano en tu comprensiónl 
¿No es cierto que entiendes, 
y que tienes alma, 
como tengo yo? 

Cuando te columoias en tu aro de lata, 
¿qué es lo que se forja 
tu imaginación? ¿Qué sientes, 
envidia de la voz de plata 
de tu joven dueña, y charlas 
y charlas por imitación? 

Eres un polichinela, todo lleno de color. 
Tu voz es de mar carita. 

¡También chismoso de cficiol 



GRACIELA SARALEGUI LEINDEKÁR 


97 


¡Qué oído tan fino y memoria, 

¡qué implacable retención!, 

delante tuyo, cuidado, no lo olvidaría jamás. 

Tu voz como un mordiscón, 

dice y dice lo que oye, 

Y para siempre; ¡Eso es de murmurador! 
y te ensañas, te empecinas, 
pero no es un pensamiento, 
solo una repetición, 

En eso llevas ventaja al homore, 
porque charlas sin saber. 

Con tu voz de mascarita, 

(eres un polichinela 
todo lleno de color! 



98 


HILERA DE TREBOLES 



GRACIELA SARALEGUI LELNDEKAR 


99 


Por un camino dorado 
por el sol de medio -'día, 
me acerqué al tembladeral 
que allá por la granja había, 
muy cerquita del maizal. 

Seguí andando. . . seguí andando. , . . . 

y mis ojcs asombrados 

d9 un hallazgo sin igual, 

vieron alpiste plantado 

para mi jilguero amado, 

en medio al tembladeral. . 

Con mis pasitos menudos, 
de niña incauta avancé, 
y vi que el pié se me hundía 
si más movimiento hacía. 

Con cautela me eché atrás, 
y corrí por el camino, asustando 
a mi jilguero, que vio que retrocedía 
de junto al tembladeral, y entonces, 
con paso firme, me interné por el maizal. 
¡Así es tu corazón, tembladeral, 
tierra infértil, 

ilusiones puras no florecerán, 

un erial. ¡Tierra no bendita para tu malí 

¡Así es tu corazón, tembladeral, 

por él no se puede andar, 

y yo quiero tierra firme 

como la de mi mcrizaL 




ur> 


HILERA DE TREBOLES 



GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 101 


Eran cien cruces de márrnol # 
con cien Cristos enclavados; 
y cien campanas azules, 
con cantos todos recades. 

Cuatro montañas cerraban, 
el bosque de picos altos; 
cuatro montañas que iban 
hacia Cracovia al llamado, 
de las campanas azules, 
y de las cruces de mármol. 

En Cracovia, las iglesias, como tomadas del brazo, 
hacían que todos les hombres 
dejaran sus rezos blanccs. 

Desde el tugurio al castillo, 
de la montaña hasta el llano, 
escuchaban las campanas, 
acudiendo a sus llamados. 

Y los niños, venían todos, 
con sol rubio entre las manos, 
a entibiar todas las cruces, 

. con los Cristos enclavados. 

Y en el Castillo de Wawel, 
tumbas de los soberanos, 
estaban arrodilladas, 

cual si estuvieran rezando. 

Hoy de aquello nada queda. 

El bosque de picos altos 

fue talado a ras de tierra. * 

tas cruces hechas de mármol 

con les Cristos, han escplado los cielos, 

y de él, nos están mirando. 




102 ? 


HILERA DE TREBOLES 


Las iglesias de Cracovia, 
han separado sus braozs, 
y las campanas azules, 
no tocan cantos rosados, 

Y los niños, ya no vienen 
con sol rubio entre las manos, 
y eh e.l castillo de Wawel, 
tumbas de los soberanos, 
están todcs de rodillas, 

cual si estuvieran rezando. 

Pero sé que las montañas, 
siempre estarán a tu lado. 

La fuerza pudo arrancarte 
lo que el hombre ha trabajado, 
mas [nunca podrá matar, 

!© que hizo Dios con sus manos! 

Y yo sé que volverán de nuevo 
los picos altos, y que las 
cruces que tienen a los Cristos 
enclavados, bajarán desde los cielos. 

Y las campanas azules, tocarán cantos rosados. 
[Cracovia, tienes la cara, 

toda mojada de llanto! 

Pero también sé que muy pronto, 
vendrán cien niños, callados, 
para secarte las lágrimas, 
con sol rubio entre las manosf 




GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


103 




104 HILERA DE TREBOLES 


La mar estaba embriagada, 
de Sol, gaviotas y cielo. 

Cubría su espalda gigante 
un espesísimo velo. 

Reían con furia las olas 
cubiertas de nivea espuma, 
y contra rocas rompían 
llenando el aire de bruma. 

¿Era una fiera enojada 
resoplando enfurecida? 

¿O la sangre da la tierra 
abierta en enorme herida? 

¿Qué misterio inexplicable 
guardaba ese mar escure? 

¿Qué misterio hay en las crueles 
carcajadas de las olas 
que de la orilla se vuelven? 

La luz se acostó en Oriente# 
dejando impregnado el aire 
de los reflejos ardientes. 

Que junto con las estrellas 
hacen rodar el gran baile 
de la noche y del ambiente. 

La mar estaba embriagada 
de gaviotas, luna y Cielo. 
Cubría su espalda gigante 
un espesísimo velo. 



GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


105 



106 


HILERA DE TREBOLES 


En un campo de batalla, 
lleno de árboles sombríos, 
de ramas grandes y verdes, 
la muerte íué al desafío 
; de las vidas. Cuerpo a cuerpo; 
jMal destino! , 
la Vida cantó en la noche, 
la canción de los vencidos. 
Hasta los árboles verdes 
cesaron en su camino 
de escalar el cielo inmenso; 
y a ras de tierra, extendidos, 
vieron alejarse el cielo, 
y morir todos los nidos. 

Llegó la noche silbando, 
con su rígido vestido, 
sin adornos de luceros. 

Se sentó quieta en el campo, 
aprisionó los gemidos, 
y así pasó muchas horas, 
hasta que al fin, sus cabellos, 
se tiñeron de oro fino. 

Y salió el sol muy despacio . . . 
Charcos de sangre, quejidos, 
trozos de cuerpos humanos, 
pozos de piedras hundidos, 
cabellos entre las ramas 
de los árboles caídos. 




GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAB 


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Y en el medio de este cuadro/ 
cuadro que el sol pone tibio, 
se ve un árbol muy derecho, 
que mira hacia lo infinito. 

Uno sólo se ha salvado; 
jArbol, como habrás sufrido! 

Y al amanecer ansioso, 
mira buscando un amigo. 
Mueve las hojas llamando. 
Pasan las horas, y el árbol, 
todavía no ha conseguido, 

un alguien que le escuchara; 
al ver morir sus hermanos, 
todo el dolor que ha sentido, 
quedando tan sólo él, vivo. 

Y llegó la nueva noche; 
hoy adornado el vestido 
con lágrimas de luceros 
que regaron los caminos. 

El cuadro está todo muerto. 

Tan sólo se ve un gran pino, 
que unió sus lágrimas blancas, 
ccn las de un lucero frío. 



IP8 


HILERA DE TREBOLES 




GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 


m 


Quiéreme sotó una. noche, 
que yo estaré junto a ti. 
Quiéreme sólo una noche, 
noche que valdrá por mil. 

Si luego vas, y no vuelves, 
'siempre estaré junto a ti; 
no habrá noche que no sienta, 
tu amor muy cerca de mí. 

Y viviré del recuerdo 
de uncí noche que pasó; 
y en cada estrella que jnixes, 
en la estrella estaré yo. 

Si tú te vas a olvidarme; 
eso no lo podrás, no; 

la noche serena y quieta, 

* " 

te hablará toda de amor. 

Cada palabra que sientas, 
será la que te hablo yo. 
i Quiéreme sólo una noche, 
le lo pido por favorl 
Se quedará en mí, clavado, 
el sonido de tu voz; 
y lo dulce d.e tus ojos, 
me entrará hasta el corazón. 
¡Quiéreme sólo una noche, 
que yo estaré junto a ti; 
quiéreme sólo una noche, 
noche que valdrá- por mili 



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HILERA DE TREBOLES 



GRACIELA SARALEGUI LE1NDEKAR 


m 


Cuando pude quererte, 
no me quisiste. 

Hoy dejaste de amarme, 
yo no lo quise. 

Vi una estrella en el cielo, 
cuando te quise. 

Hoy la estrella no estaba, 
porque te fuiste. 

Yo le pedí a la estrella 

que me quisieras, j 

hoy la estrella no me habla 
porque está muerta. 

¡Yo quise amarte siempre* 

mas no he podidol 

Mi estrella confidente, 

se fué contiqol 

Hoy, ya sé que me quieres, 

¡qué tarde ha sidol 
La estrella blanca ha muerto, 

con mi cariño! I 





GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 113 


El negro bosque del cielo, 
no había prendido sus luces. 
Serene, quieto, impasible, 
con sus pupilas azules, 
que miraban con tristeza, 
el campo lleno dejsrüces. 

Los cipreses de la mano 
como fila de arcabuces, 
custodiaban a las tumbas, 
que a ras de tierra, de bruces, 
tenían la frente cubierta, 
con flcres blancas y azules. 
{Tanta cruz hay en el campo, 
que ni contarlas yo pudel 
Cruces tristes y sombrías, 
donde no llegan las luces 
de las grises oraciones; 
y las lágrimas calientes 
no pueden mojar el mármol. 



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HILERA DE TREBOLES 


Sólo tienen de caricia 
la mano helada del viento, 
el beso frío de la lluvia, 
y la canción de los muertos. 

Es por eso que en la tierra 
vivir por siempre quisiéramos 
El negro bosque del cielo, 
no había prendido sus luces. 
Sereno, quieto, impasible, 
con sus pupilas azules, 
que miraban con tristeza 
el campo lleno de cruces. 

Les cipreses de la mano, 
como filas de arcabuces, 
custodiaban a las tumbas, 
que a ras de tierra, de bruces, 
tenían la frente cubierta, 
con flores blancas y azjjles. 




GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 1¡5 




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HILERA DE TREBOLES 


Los olivos se han quebrado. 

Los viñedos ya marchitos, 
tocan con sus frentes tierra, 
ñerra que huele a suspiros, 
suspiros que van muriendo, 
muefte de negros martirios. 
¡Grecia, Grecia, hasta tu cielo, 
hoy no tiene el azul límpidol 
Si parece que estuviera, 
empañado como un vidrio. 
Semeja un lago celeste 
donde se baña el rocío. 

¡Grecia mártir! tus higueras, 
no tienen frutos perdidos! 

Y a sus hojas siempre verdes, 
la mano ruda del fuego, 
las ha puesto cenicientas. 

¡Te arrancaron el vestido! 

¡Pobre Grecia, hasta tus huertos, 
han hecho duelo emotivo! 

De los almácigos tiernos, 
no hay rastros, y hasta el tomillo, 
de tanto clamar, llorando, 
a Dios en su desvarío, 
perdió su perfume fuerte, 
y se enterró en el olvido. 




GRACIELA SARALEGUI LEINDEKAR 117 


{Pero no, Grecia, tu raza 
no puede morir! Yo sé; 
que detrás de cada olivo, 
hay un pájaro que canta 
la victoria del vencido. 

{Yo sé que ustedes, valientes, 
jamás estarán caídos! 

Se han enterrado en la tierra, 
y brotarán con más bríos! 

Y aquellos que sin nobleza, 
atacaron sus caminos, 
y enterraron los viñedos, 
y quebraron los olivos. 

Donde el hacha del más fuerte, 
quiso vencer al espíritu. 

No vieron que Dios miraba 
lo que los hombres malditos, 
pueden ' hacer al más débil, 
al inocente, o al niño. 

¡Por eso te canto, Grecia, 
te canto porque te admiro, 
porque te hundieron muy hondo 
y brotarás con más bríos 1 


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HILERA DE TREBOLES 





GRACIELA SARALEGUI LEINDBKAR 119 


Yo me desayuno, todas las mañanas, 
con ojt>s y manos.. ¡Qué cosa más rara! 
me dirán Ustedes. 

Aunque yo aparezco, muy apuradita, sigilosamente... 
jellas siempre ganan! ¡son madrugadoras! 

Mi gallinerito de gallinas blancas, 
es una bandeja de merengues vivos. 

Rellenitos todos de dulce de leche 
que se asoma en patas y picos. 

Son sus dos ojitos, pasas de Corinto 
redondas y dulces. 

Por eso des "dije : que me desayuno 
todas las mañanas, con manos y ojos. 

Ojos que las miran, manos que las tocan 
en xnigallinero de gallinas blancas. 





inDicc 




INDICE 


Pag. 

Portada. Ilustrada por Guma Zorrilla de San Martín 

Muñoz. 

Romance a Graciela Saralegui, por Fernán Silva 

Valdés 9 

Nos falta papá 11 

Bélgica invadida. Ilustrado por José P. Algorta Pon- 

ce de León 12 

Una muestra para tu vestido. Ilustrado por Guma Zo- 
rrilla de San Martín Muñoz 15 

Otra muestra para tu vestido. Ilustrado por Guma Zo- 
rrilla de San Martín Muñoz 18 

21 f 

El avión. Ilustrado por Armando Acosta y Lara .Díaz 23 

Benditos los sueños. Ilustrado por Juana Alvarez Cor- 

tez 25 

Á unos ojos verdes. Ilustrado por María del Carmen 

Mullins 27 

A unos ojcs azules. Ilustrado por Adela Tanco Díaz 29 
A unos ojos negros. Ilustrado por Eduardo Silvera . . 31 
A unos ojos violetas. Ilustrado por Mario Méndez Reis- 

sig 34 

Realidad. Ilustrado por Eduardo Silvera 36 

Marabí la gitana. Ilustrado por Carmen Baqué Vega 38 

El caracol y mi dlma. Ilustrado por Claudio Williman 

Ramírez 40 

La canción de la guerra. Ilustrado por Jorge Ferrer Ruiz 43 
Caminito equivocado. Ilustrado por Gloria Franchi . 46 

Frente a una pescadería del mercado. Ilustrado por Ar- 
mando Acosta y Lara Díaz • 48 

Molino de cuatro brazos. Ilustrado por Margarita Saave- 

dra 51 




INDICE 


Pag. 

Camino. Ilustrado por Juan Carlos Zerbino Cavajani . 54 

Bichos de luz. Ilustrado por Ivonne Duran Casaravilla .56 
Las nubes. Ilustrado por Alvaro Saralegui Novoa . . . 58 

La escalera de plata. Ilustrado por Beatriz Rosello Ha- 

milton 60 

Canción de cuna. Ilustrado por Paulina Vanrrell de Pi- 

ñeyxo 62 

El peñón de Gibraltar. Ilustrado por Elvira Seré Ortiz 

de Pinedo 64 

Llega él. Ilustrado por José María Permanyer 67 

Una palabra. Ilustrado por Armando Acosta y Lara 

Díaz * 63 

Lagartijas coloradas. Ilustrado por Amalia Cordero Pe- 

reyra Braga 7! 

Cruz de palo. Ilustrado por Margarita Herrera Reyes 

Risso 73 

El niño de los trigales. Ilustrado por Gloria Helguera 75 

La carreta. Ilustrado por Luis Piñeyro Cristophersen . . 78 

El horizonte. Ilustrado por Julio Carrau 81 

83 

Mariposas. Ilustrado por Raquel Helguera . . 86 

El incendio de la guerra hasta en los bosques de Fran- 
cia. Ilustrado por María del Carmen Mullins Díaz 87 
Caminito de los novios. Ilustrado por Héctor Gandós 

García 90 

Hermanita mayor. Ilustrado por Armando Acosta y La- 
ra Díaz 93 

El loro de mi vecina. Ilustrado por Guillermo Rodrí- 
guez ( hijo ) 95 

Tembladeral. Ilustrado por Beatriz Rossello Hamilton . . 98 




INDICE 


Pag. 

Bomance a Cracovia. Ilustrado por luana Alvaréz 

Corfez 100 

La mar estaba embriagada. Ilustrado por Eduardo Sil- 

vera 103 

De todo ha quedado un árbol. Ilustrado por Eduardo 

Silvera 106 

Quiéreme sólo una noche. Ilustrado por Elvira Pittalu- 

ga Ibáñez 108 

Demasiado tarde. Ilustrado por José María Permanyer 110 

Las tumbas. Ilustrado por Eduardo Silvera 112 

Resurgirán tus olivos. Ilustrado por Edgardo Oribe 

González i 1 1 5 

Mi gallinerito de gallinas blancas. Ilustrado por Mar- 
garita Herrera Reyes Risso 118 

Proyectos de las leyendas de los dibujos, por Darío 
Toucón Nobre 





ES PROPIEDAD 





ESTE LIBRO SE TERMINÓ 
DE IMPRIMIR EL DIA 
20 DE DICIEMBRE 
DE 1042 

y 















Tail 




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124/297 


Agencia Londres.